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Política - BPC

Gabriel GabbianiOpinión: por Gabriel Gabbiani

Hace algunas semanas, el Presidente de la República, José Mujica, llamó a su partido político, el gobernante Frente Amplio (FA) a introducir en su seno el debate sobre la formación en valores debido a que, según su óptica, los medios de difusión son “los que más participan de la creación de la conciencia colectiva”, pero “están polarizados”.

El mandatario aseguró que la realidad está bastante “desamparada” al respecto, y afirmó con convicción que en la actualidad hay un “creciente antivalor, donde al parecer el nudo económico, lo que se consume, ha pasado a ser la prioridad determinante en la vida de la gente, la que termina enajenando su propia existencia”.

Admitió que el argumento manejado por algunos padres, referido a que no quieren que a sus hijos les falte lo que ellos no tuvieron en su infancia, es “sólido y conmovedor”, pero consideró que entraña ciertos riesgos, por cuanto tras “la pasión” empeñada en “tener mayores recursos económicos se termina trabajando en dos o tres empleos, y el pobre chico podrá tener unas cuantas cosas materiales más, pero no tiene al padre o éste se convierte en una simple visita”. El Presidente añadió que comer en familia “hoy significa mirar el televisor y ni siquiera hablar esos minutos con el resto de la familia”, y opinó que “si lo central es la vida, también se precisa tiempo y dedicación para no malgastarla”, y reprochó a su partido por haber “dejado la filosofía por el camino”.

Las expresiones vertidas hasta allí respecto al entorno familiar, seguramente son compartidas por la mayoría de los lectores, mientras que el reproche a su fuerza política, es un problema interno que sólo a sus líderes y liderados concierne.

Pero a partir de allí, Mujica, una vez más, pierde el rumbo, al reclamar a los medios de prensa la formación en valores. El mandatario afirma en su diatriba habitual que se ha “frivolizado” la comunicación de masas, y asegura que hoy el tema pasa más por “entretener” o “aturdir”, que por “educar y formar”. Para él, existe “un creciente decaimiento colectivo en materia de valores con los cuales manejamos nuestra vida y la de nuestra gente”, y tras reclamar nuevamente a su fuerza política que “no debería dejar por el camino (…) el único antídoto que existe frente a muchos males que campean en la tierra”, aseguró que “no basta con la educación formal, también está la educación colectiva que se da a través de los medios de comunicación, que cada vez tienen más importancia”.

Según Mujica, “los medios son los que hoy más participan en la creación de la conciencia colectiva de la gente, pero están polarizados por las relaciones de presupuesto y otras yerbas, y tienden a retroalimentar este fenómeno, en lugar de enfrentarlo”.

La pregunta que de inmediato surge es: esa educación en valores, ¿no debería ser liderada por el propio Estado a través del Ministerio de Educación y Cultura, de Enseñanza Primaria, de Educación Secundaria y de Educación Universitaria? Mujica yerra, una vez más, al señalar que existen antivalores. Muy lejos de ello, los valores están y siempre han estado, pero se modifican a través de las generaciones. Nuestras bases morales prevalecen, nuestros principios éticos subyacen, no han escapado. El error, en todo caso, es consecuencia de nuestro libre albedrío, gracias al cual, teniendo la oportunidad de elegir qué camino tomar, muchas veces optamos por la senda equivocada.

Y el gobierno que Mujica encabeza no es ajeno a ello.

Si en lugar de entregar dinero por no trabajar pagara por hacerlo reivindicando así el hábito del trabajo, o si en lugar de pagarles a quienes ni estudian ni trabajan para que lo hagan se becara a quienes muestran deseos y ansias de superación, seguramente los valores se renovarían y volverían a ser una rutina en nuestras vidas.

Enseñar respeto, honestidad, fidelidad, amistad, nobleza, solidaridad, a no destrozar, comienza en el hogar, estamos de acuerdo, pero prosigue en los institutos de enseñanza y queda por ello -también- en manos del Estado.

Si el Estado desconoce cuál es su papel, e imprudentemente responsabiliza a los medios de difusión por no cumplir las tareas que a él le competen, entonces es claro que la falta de valores reside en los propios gobernantes.

Y ese sí que es un problema.

Un grave problema.

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