| Política - BPC |
Opinión por Gabriel Gabbiani
El señor se presenta frente al mostrador de la oficina pública.
Supone que, igual que la vez anterior, lo atenderán con apatía y displicencia. No sabe que la funcionaria que se le acerca es buena, correcta y responsable. El usuario, predispuesto, le habla de mala manera, realiza las preguntas a medias, sin aguardar, casi, las respuestas, despotrica contra el Estado, el gobierno -este o cualquiera, da igual- y los funcionarios públicos, y se va sin haber solucionado nada. La funcionaria queda sorprendida, reflexionando que se trataba de un problema de fácil e inmediata solución, pero lamenta que el interesado ni siquiera le haya dado la oportunidad de explicarle.
Durante meses la esposa ha estado insistiendo frente a su marido con que éste trabaja demasiado. Dos empleos durante todo el año producen un agotamiento físico y mental que muchas veces provocan que él sólo quiera cenar, conversar apenas, mirar algo de televisión e irse a la cama. Finalmente, él hace coincidir sus licencias y puede tomarse diez días de descanso, que no concuerdan con la licencia de su esposa. Aprovechará -piensa él- esos días para recuperar fuerzas y poner la mente en blanco; incluso, tal vez, dormir una siesta de la que hace más de 20 años no tiene recuerdos. Al segundo día de licencia, ella llega a casa de su trabajo y ve al marido que sale del baño. “¿Qué hiciste?”, le pregunta. “Me afeité y me dí una buena ducha”, contesta él, alegre de poder dedicarse un tiempo a sí mismo. “Vos pensás nada más que en vos mismo”, es la respuesta inesperada de la mujer, que confiaba que el marido dedicara esos días a pintar la casa y a hacer esos pequeños arreglos que siempre hacen falta.
El botija prometía. Cuando niño movía la “guinda” en el baby fútbol como los dioses; la dejaba chiquita. Ganó cuanto título se disputó en su pueblo, todas las Copas locales y varias departamentales. Los padres veían en él un futuro crack y lo alentaban, a veces incluso con palabras más propias de un barra brava que de padres cariñosos. Esperaban que, cuando creciera, firmara primero con algún importante club uruguayo y luego fuera a jugar a Europa, para que los alejara de esa vida de sacrificio a la que estaban acostumbrados. “Un jugador gana mucha plata”, decían. Pero el niño se hizo joven y, entre tantos valores provenientes del país, pasó a ser uno más. “Claro, él no es hijo de ningún jugador reconocido, ni amigo de ningún técnico. Si conociera algún dirigente seguro estaba jugando, pero él no tiene padrino”, decían los padres. “Hay que ver, nomás, a los que citan para las selecciones nacionales juveniles. Algunos no podrían estar ni en el banco de suplentes. Además, el técnico a él no lo pone porque tiene que mostrar a todos los paracaidistas que los dirigentes le traen al club, porque esos son los que ponen la plata”, añadían.
El político, ejerciendo un importante cargo de gobierno, se altera fácilmente con los periodistas. Los destrata, los insulta, los agrede verbalmente una y otra vez, y hasta los empuja. La defensa que pueden ensayar los cronistas es endeble: saben que, si le dijeran todas las cosas que quisieran decirle, tal vez el medio de prensa para el cual trabajan, presionado -explícita o implícitamente- por una amenaza de recorte de publicidad estatal, los podría amonestar, suspender o, incluso, despedir.
¿Qué tienen en común estos cuatro casos? Son claras muestras de intolerancia.
La intransigencia, la obcecación, el fanatismo, no son males de nuestra época. Por el contrario, coinciden con el umbral de los tiempos y, de hecho, han sido -y son- causa de guerras y enfrentamientos en todos los ciclos y en todo el mundo.
Con ese nombre, “Intolerancia”, se filmó en 1916, en plena época del cine mudo, una película que dirigió David Griffith, que en forma paralela refería a cuatro grandes episodios de la historia (la matanza de los hugonotes en Francia la Noche de San Bartolomé de 1572, la pasión y muerte de Jesús de Nazareth, una huelga de trabajadores a comienzos del Siglo XX y la caída del rey Baltasar, de Babilonia, en el año 539 A. C. ante el ataque de Ciro II, el Grande, rey del Imperio Persa), cuyo origen, precisamente, radicaba en la injusticia y en la falta de tolerancia hacia quienes pensaban u opinaban distinto. A pesar de que la película fue elogiada por la crítica, lo cierto es que su director intentó, sin éxito frente a un auditorio que ante la novedad del 7º Arte reclamaba emociones y entretenimiento, presentar una reflexión moral y un mensaje humano y pacifista. Naturalmente, fracasó.
Casi un siglo después del estreno de la película, y varios siglos después de tres de los sucesos históricos reproducidos en el film, la intolerancia continúa siendo una protagonista omnipresente en cualquier contexto.
Campea libremente por doquier, y hasta parece enorgullecerse de su presencia allí donde se asoma.
Es parte de nuestra vida: intolerantes habrá siempre.
Pero, quién sabe si no será este el ansiado momento de que, como Griffith en 1916, nuevos directores irrumpan en el escenario de la vida para acercarnos nuevos mensajes de bondad, indulgencia y respeto.
Sin que la obra fracase, claro está.
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