| Política - BPC |
Opinión por Daniel Bianchi
Hace ya algunos meses que el Ministerio del Interior (MI) viene anunciando un cambio de eje en las políticas de seguridad, modificación que en la interna gubernamental se ha dado en llamar “el viraje”.
Entre la serie de medidas en la lucha contra la delincuencia, se encuentra la reestructura de la policía como uno de los pilares centrales -aunque se admite que en la realidad esa reestructura viene dándose, poco a poco, desde hace años- con la incorporación de “agentes ejecutivos”, ex integrantes de la Dirección de Inteligencia,
nuevos agentes para el sistema penitenciario y una reorganización de la fuerza en el Área metropolitana, entorno que para el gobierno -en este, como en otros temas- sigue siendo preferente por sobre el resto del interior.
Se anuncia que, a partir de 2012 y en los próximos años, las Comisarías comenzarán a funcionar con una “novedosa forma de gestión”, cual es básicamente informar y atender al ciudadano y mantener el orden público, con una función esencialmente preventiva, es decir, organizando sus recursos para trabajar hasta el momento en el que se comete un delito, y realizando la derivación del mismo, una vez producido, a los cuadros especializados.
Como se observa, una vez más los anuncios expuestos consisten en buenas intenciones más que en medidas concretas, que son lo que la gente reclama.
Una serie de advertencias forma parte de una campaña publicitaria en los medios de difusión que dan cuenta que la sociedad no debe responder a la violencia, más allá de que los delincuentes los avasallen o ultrajen en la vía pública, de que ingresen armados a sus hogares, a sus empresas o a sus comercios, o de que amenacen su integridad física. La vida vale más que cualquier posesión económica.
Ciertamente, el propósito de convencer a los uruguayos para dejar a un lado la violencia, en cualquiera de sus formas, y no manejar armas, no está mal; al contrario, es claramente correcto. Pero para que los ciudadanos no reaccionen frente a un atropello de aquellas características, deberían saber que cuentan a su vera con agentes policiales, atentos y vigilantes para evitar cualquier tipo de abuso, exceso o atropello.
La prensa -a pesar de las permanentes críticas que recibe desde tiendas gubernamentales- no ha escatimado centímetros ni tiempo al momento de dar a conocer que el MI adquirió modernos sistemas de comunicación interna, armas más adecuadas a los tiempos que corren y nuevos vehículos patrulleros, pero hasta el momento poco y nada de eso se encuentra en uso porque no hay gente idónea.
Guste o no, las autoridades están fallando.
Mientras eso sucede, a diario hay asaltos, rapiñas, asesinatos y copamientos, y cada vez más grupos de gente que se moviliza pidiendo la renuncia del Ministro, Eduardo Bonomi. Difícilmente con el cambio de un jerarca se pueda comenzar a enderezar el camino -allí están José Díaz y Daisy Tourné, como prueba de ello- pero sí puede hacerse con nuevas orientaciones políticas, que abandonen definitivamente arcaicos conceptos que con un facilismo que no debería utilizarse se limitan a culpar del incremento delictivo a las dificultades que refieren al entorno social. Ello es parte del problema, está claro, pero no lo es todo.
La situación demanda muchas más cosas: un mayor trabajo de investigación que conduzca ineludiblemente hasta descubrir a los “grandes empresarios” de la droga y no sólo a las bocas de venta de pasta base y otros estupefacientes (aunque ello es muy importante y no debe soslayarse de ninguna manera, de más está decirlo), la instalación de cámaras de vigilancia en lugares claves de la vía pública (tales como plazas, plazoletas, ramblas, zonas portuarias y, en especial, las inmediaciones de los institutos de enseñanza), otorgarles recursos a las Mesas Locales para la Convivencia y la Seguridad Ciudadana, y, por encima de todo, disponer del combustible necesario -hoy insuficiente- para que los móviles policiales puedan circular con mayor asiduidad y exista mayor presencia policial en emplazamientos específicos.
Nada de ello puede demorar más tiempo.
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