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por Patricia Díaz Garbarino
Las fábulas han constituido nuestras naciones y alimentado la imaginación de sus ciudadanos. Han enriquecido, literariamente, el caudal de prestigiosos libros; que no solo la tierna infancia supo apreciar. Muchos hemos sido los adultos que amamos las fábulas que construyen nuestro imaginario popular. Nadie se atrevería a decir que una fábula pudiera dañar la imaginación de un niño o de un adulto. Por el contrario, sabemos que las fábulas –en sus moralejas, en sus enseñanzas morales- nos constituyen como individuos.
Nos constituyen, como nos constituye la cultura popular. El carnaval, manifestación cultural que se remonta a las culturas paganas, lo hemos asimilado como propio; en sus múltiples interpretaciones polifónicas.
Así, asimilamos creencias y supersticiones. Pero, en este caso, en muchas oportunidades, las supersticiones dañan groseramente al individuo.
El ser humano atraviesa infinidad de matices, que lo construyen en su mecanismo de poder/ es. Siente por lo “mágico” una curiosidad especial. Y, entiende, que –como aquellos niños, que pueden jugar a ser magos- una persona u objeto, puede formular pociones mágicas, que solucionen sus males o problemas cotidianos.
Con mucho de inocencia y cierta esperanza, depositan en personas ávidas de encontrar gente ilusa, sus emociones, su historia familiar, su dinero, o múltiples favores.
La construcción del poder/ es, es compleja y muy cambiante. Nosotros mismos, imprimimos nuestro autocontrol, nuestro auto-censor. Ayudamos a los que ostentan el poder, a menospreciarnos, a humillarnos, permitiendo que nos entretengan con conejos blancos que sacan de una vieja galera… reiterado cuento. Depositando en ellos –en los embaucadores- nuestro propio fracaso, nuestra impotencia; dejando en manos de una persona, que no conocemos, parte de nuestra inocencia.
Pero no nos libra de nuestra responsabilidad. Siempre somos responsables de nuestros actos; ante nosotros mismos y ante los demás.
Quizás, en el fondo, ese objeto que nos ha entregado, después de pagar sumas escandalosas de dinero, nos puede ayudar… Y depositamos parte de nuestra VOLUNTAD, para que el objeto (llámese amuleto o pata de conejo) extraiga de él, todo su beneficio para calmar nuestro mal. ¿Acaso, la voluntad no mueve montañas? Nosotros imprimimos, en dichos objetos, nuestra necesidad; y es tan grande nuestra energía, que algo conduce a su fin, no por el “conjuro”, sino por nuestro propio magnetismo, nuestra propia voluntad y la de Dios, en primera instancia.
Es triste observar, el espectáculo falso del embaucador. Su propio fin: que no es otro que su beneficio material. Si nos detenemos un instante, podremos apreciar lo siguiente: si alguien brinda lo que NO tiene, poco puede ayudar al necesitado. Y las apariencias materiales, engañan. No, porque se tengan algunas pertenencias materiales, crea la persona, que la ayudará a aumentar su caudal material; como si fuera el Rey Midas.
Además: ¿Cuáles son las personas que ayudan a otras a enaltecer sus riquezas materiales?
La ayuda, necesariamente, debe ser espiritual. No material; intentando solucionar caprichos individuales, que se sostienen en lo económico. Nada más alejado de las enseñanzas cristianas –de las que son paladines- y de la máxima de Jesús: la caridad.
Pensar, llevarnos por nuestra intuición, es muy importante, para no caer en las manos de gente que nos vende supercherías y siendo conscientes, generan daños enormes en nuestras vidas.
Sabernos con las fuerzas suficientes para enfrentar la vida; sin necesidad de recurrir a esos vendedores de ilusiones, que, si no fueran tan dañinos, nos causarían ternura, con sus múltiples ungüentos, pociones mágicas e interminables palabras apocalípticas.
Pensarnos capaces de construir nuestras vidas, siempre guiados por Dios. (Como lo nombres: Dios, Absoluto, Todo, Uno…) El ÚNICO que puede decidir sobre nuestra suerte, en base a nuestras propias acciones y a nuestras responsabilidades.
Hablábamos de fábulas y comparto con ustedes, esta breve fábula de Esopo; que nos ayude a reflexionar.
La zorra y el leñador
Una zorra estaba siendo perseguida por unos cazadores cuando llegó al sitio de un leñador y le suplicó que la escondiera. El hombre le aconsejó que ingresara a su cabaña.
Casi de inmediato llegaron los cazadores, y le preguntaron al leñador si había visto a la zorra.
El leñador, con la voz les dijo que no, pero con su mano disimuladamente señalaba la cabaña donde se había escondido.
Los cazadores no comprendieron las señas de la mano y se confiaron únicamente en lo dicho con la palabra.
La zorra al verlos marcharse, salió sin decir nada.
Le reprochó el leñador por qué a pesar de haberla salvado, no le daba las gracias, a lo que la zorra respondió:
- Te hubiera dado las gracias si tus manos y tu boca hubieran dicho lo mismo.
No niegues con tus actos, lo que pregonas con tus palabras.
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