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El espectáculo del Grupo de Teatro de la Biblioteca José Enrique Rodó de Juan Lacaze, Mujeres al viento, en base al poemario del mismo nombre de Norberto Silva Itza, poeta lacazino radicado en Italia, hace soplar nuevos vientos en una propuesta escénica donde lo simbólico y los planos de la realidad interactúan con intensos ribetes estéticos.
La representación poética no es un territorio habitualmente transitado por la dramaturgia. La poesía está ausente no solo de los escenarios, sino que la descubrimos recluida socialmente. En el mejor de los casos la circunscribimos al libro, al gusto personal de alguien, y en el peor de los casos, a las exigencias de programas académicos que la mayoría de las veces nos distancian y nos apartan de su propia esencia.
Que el grupo de teatro lacazino se haya desafiado a sí mismo y nos haya desafiado como público a un contacto profundo y visceral con la poesía es uno de los pilares donde en nuestra opinión se asientan los méritos de esta obra.
La puesta en escena, los textos poéticos y la interpretación de los mismos, tanto como el vestuario, la intervención musical, la escenografía y la iluminación, constituyen un ensamble desde el cual nuestra historia reciente y las circunstancias biográficas de mujeres de diversas geografías reconstruyen la hazaña de estar vivas para el testimonio, la lucha y la ineludible defensa de la esperanza.
Uno de los aspectos más llamativos de esta puesta en el marco de la dramaturgia local es, sin duda, la intervención de lo simbólico, de lo que se sugiere por delante y por detrás de los planteos narrativos.
Esa función del arte, la de sugerir, la de universalizar los deseos y los miedos, la de mostrar la realidad no desde la resolución figurativa sino desde el despojo hiper referencial de los hechos, nos parece uno de los mayores logros de esta obra. Y quizás allí radique el impacto, el asombro, la conmoción que nos inunda como público.
Sin duda que esa conmoción del público es el fruto de un trabajo grupal donde lo técnico y lo sensible se inscriben desde las huellas de la arena escénica hasta el vuelo de las voces y las imágenes proyectadas en los diferentes planos visuales.
Esta puesta puede ser vivida por el público como una apuesta a reconocer que la poesía no es ajena ni distante a las más profundas necesidades humanas, que incluyen la expresión estética de sentimientos y emociones.
Sin esas expresiones y por extensión, sin la comunicación y recepción individual y colectiva de las mismas, sin el registro de esas necesidades expresivas y comunicantes, entendemos que nuestra humanidad es solo una vestimenta con una trama y una urdimbre a la que le faltan cualidades que la definen como tal.
Ojalá que la propuesta del grupo, que incluye a cada uno y a todos desde su lugar escénico o de soporte técnico, se traduzca en una motivación del público a concebir el teatro y la poesía como espacios privilegiados de lo humano. Y mucho más cuando, como en este caso, lo escénico y lo técnico confluyen y se integran en un hecho artístico relevante.
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